A veces uno se vuelve menos exigente, dejando pasar pequeñas cosas, quitando importancia en un claro afán por seguir tranquilo, por sentirse tranquilo.
En ocasiones eso da paso a una falta de atención creciente, aún no preocupante, pero presente. Una situación que le hace a uno parecer ingénuo o adorable.
Puntualmente, esto se transforma en vulgar indiferencia hacia todo y hacia todos, comenzando la situación a ser desagradable.
Y en muy contadas ocasiones, uno termina vegetando frente al mundo, abandonado sin remedio a un interminable olvido, dejando ya de ser para los otros, molesto, adorable, ingénuo y tranquilo, para pasar a ser, sin más, un desaparecido
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